Que de tanto amarte, tengo que olvidarte.

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El hielo se había derretido y la copa se había aguado. Y sin embargo, uno no puede evitar apurarla y terminarla. ¿Y ahora qué? Preparar un nuevo gin tonic sin cambiar de vaso, y esperar a que el hielo se derrita, un vez más.

El cigarrillo se estaba consumiendo sin haberle pegado más de dos o tres caladas, a punto de apagarse, lo coges y aspiras hasta quemar la colilla. ¿Y ahora qué? Encender otro pitillo, sin vaciar el cenicero, y esperar a que se consuma de nuevo.

Estaba amaneciendo, y los primeros rayos de luz se hacían paso entre las cortinas, se acercaban tímidamente, barriendo la mesa del salón, y llegaría el momento en que se acercarían tanto a mi cara que me deslumbrarían, ¿Y ahora qué? Si no tenía la fuerza de poder evitarlo.

Te levantaste, y me viste una vez más, tirado en el sofá, y detrás de ti apareció un desconocido, uno de tantos. Me miraste como si te molestara. Te despediste con un beso de tu invitado. ¿Y ahora qué? ¿Nos vamos a la cama?

Uno no quiere ver el final, y cuando lo ve, intenta exprimirlo como el que intenta sacar la última gota a ese limón que lleva una semana en la nevera. Uno trata de buscar bajo la mesa algún granito de coca que llevarse a la lengua cuando ya no queda en el plato, uno trata de ser feliz unos minutos más, relamiendo la pipeta del éxtasis completamente vacía. Uno trata de ver una sonrisa, y ve un gesto que dice esto se acabará, y acabará mal.

A veces tenía el coraje de incorporarme, silenciar mis pasos hacia nuestra habitación, y tras comprobar que no gemías, entraba pisando las huellas, las tuya, y la de los demás. Y te veía, desnudo sobre esas sabanas manchadas. ¿Con quién te acostarías?

Eras todo lo que hubiera deseado ser años atrás. Pero no se pueden esconder los rayos del sol, una vez que ha amanecido, ni hacer que en tu copa el agua se convierta en hielo. Conmigo el tiempo se había enfurecido, yo deseando que fuera hacia atrás, pero con cada paso que daba, el tiempo se tomaba la libertad de coger más velocidad. Por eso aprovechaba a veces la quietud de tus sueños, para sentarme a tu lado. Y esperar. Esperar que el tiempo se detuviera, y a veces incluso, que no despertaras jamás.

Levantaba la vista hacia el espejo del techo de la habitación, y allí estábamos los dos, tan cerca del cielo y reflejando el mismísimo infierno. Hubiera querido arrancarte la piel para vestirme con ella, cubrir mis arrugas con tu perfecta sonrisa, cubrir mi despoblada cabeza con tu espesa melena, secar mis lágrimas con el brillo de tus ojos y recobrar la fuerza que recorre tus venas. A veces, me sorprendías, ahí, a tu lado, me mirabas unos instantes entre la niebla de un abrir y cerrar de ojos…y te dabas la vuelta, y aun así, yo seguía ahí.

Había tardes en la que se me olvidaba que existías, y otras en la que me parecía verte desde el balcón, eras aquel, o a veces el otro, el que paseaba a su perro por la plaza de Chueca, o el que se metía en el metro diciéndome adiós con la mano. Hubo días en que incluso nos vimos los dos disfrutando de un helado en aquella terraza, y cerraba los ojos, me imaginaba el tacto de tus manos rozando esa gota que se me escapaba de los labios. Otra tarde te vi en la plaza peleándote con dos y yo, sin poder evitarlo, grité tu nombre por la ventana, grité y grité ¡Fernando! Y en ese instante me cogiste por el hombro y me preguntaste ¿Qué te ocurre? ¿Quién es Fernando? tumblr_mqc2w7ZZ3g1qkaoj3o1_500

Fernando…nos conocimos una tarde de un miércoles, día 1 de diciembre, podría incluso precisar la hora en la que por una vez en mi vida mi reloj de muñeca se paró rebelándose sobre el destino que me había propuesto escribir.  Esa tarde nublada, me senté para contemplar como golpeaban las olas sin esperar que nadie se interpusiera entre la resignación de mi vida y las aguas turbulentas de ese desconocido mar que me atormentaba, que me llamaba, me incitaba a saltar. Pero apareció Fernando saliendo frente a mí, apoyado sobre sus dos musculosos brazos, echando de golpe la cabeza hacia atrás, y las gotas que desprendían volvían a ser lluvia que recorría el cielo desafiando la gravedad. Mi mirada se había clavado en él, podía incluso saborear la sal que se deslizaba por su pecho hasta recorrer todo lo largo y ancho de su miembro. Quise mirar para otro lado, quise divisar a mis hijos a lo lejos, quise oler el perfume de mi mujer, quise contener esos pensamientos que siempre desee tener, pero esa tarde, como si una ola gigante hubiera golpeado el faro que siempre te tiene alejado, decidí acercarme. Fernando se secó con su toalla y con la excusa, le pregunté si el agua estaba fría, aunque era una evidencia que no podría estar de otra manera el primer día de diciembre.

Nos fumamos un cigarrillo, hablando de aquí, de allí, de donde, de cómo, de cuando, tratando de acercarme cada vez más al calor que ofrecía su piel, tratando de calmar los temblores que recorrían mis piernas. ¿Habéis roto alguna vez la rama de un árbol? ¿Habéis sentido por dentro el ruido que hace al romperse? Porque yo, no sentí nada más que eso, cuando se acercó y me dio el primer beso. Fue un estruendo ensordecedor, fue como si todas las veces que me hubiera callado el deseo de conocer el abrazo de un hombre se hubiera convertido en millones de voces. Fue como el despegue desde el interior de un avión, cuando los motores se ponen a toda velocidad, que todo el casco de la nave se pone a vibrar y donde ya, no hay vuelta atrás. Fue el temor, levantar el morro del suelo, y respirar aliviado, fueron tantos años, encerrado en mi propio armario.

¿Y ahora qué? ¿Nos vamos a la cama?

Fueron muchas las tardes en las que me escapaba, subía los diecisiete pisos de tu bloque de apartamento, donde me sentía tan cómodo, tan alejado del suelo. Por unas horas, y a veces en alguna ocasión, alguna noche en la que las excusas de trabajo me alejaban de la cotidianidad, me refugiaba entre sus brazos. Recuerdo cada gesto tuyo, cada aliento sobre mi cuello, cada uno de tus orgasmos, cada uno de los míos.

tumblr_mk6giv18A41ry4gdjo1_500En cuanto salía de su casa, me entraba el pánico, quién o quién no, me verá salir del portal, me sentía tan protegido en esas cuatro paredes, lejos de la mía donde ejercía de padre y marido ejemplar. Mi falta de valentía no me dejaba bajar el perro con él o pasear por la calle, me quedaba mirando por la ventana cómo dabas vueltas alrededor de la plaza. A veces se giraba y miraba hacia arriba y levantaba la mano para saludarme desde abajo. Y una tarde, se acercaron dos sombras que oscurecieron el cielo, el mar, que hicieron que nuestra historia que había desafiado toda gravedad se estrellara contra el suelo. Paralizado por la escena, vi como dos hombres sacaban sus navajas y bailando al son de palabras de odio, patadas y cuchilladas, me atreví a gritar y gritar ¡Fernando! Las sombras me miraron y salieron huyendo, mientras Fernando recibía de su perro su última caricia.

¿Quién es Fernando? Me volviste a preguntar mientras dejaba caer unas lágrimas y me mordía los labios para no tener que contarlo.

¿Estás bien? Volviste a insistir.

–       No te preocupes, me he quedado en blanco, ya sabes, no sé ya ni lo que digo.

Resoplaste hacia dentro, conteniendo tal vez tu desesperación. Es muy duro saber que lo único que te queda en la vida es un final sin resolver.

Al poco de irte cayó la noche sobre Madrid, y quise dar una vuelta por el barrio. Los sábados la plaza se llenaba de jóvenes, las terrazas estaban repletas de clientes, y había un ambiente festivo y animado incluso por las calles adyacentes. Vi la vitalidad, las ganas de aprovechar al máximo la juventud, vi a una pareja besarse en la siguiente esquina, a la vista de todos, sin la amenaza de ninguna sombra que les pudiera separar. Veía en los ojos el deseo cruzar de acera en acera, pero ninguna mirada se posaba ya sobre mí. Qué me había hecho mayor era indudable, tan mayor que no recordaba a veces haber sido joven. Como me hubiera gustado esta noche entrar en la primera discoteca y bailar rodeado de decenas de hombres jóvenes, y que me miraran con deseo, que se acercaran en un intento de ligarme. Que recordara ese momento, que no se me diluyera, que no lo confundiera, y guardarlo hasta el último día.

Mientras me perdía por mis pensamientos, las calles del centro se convertían en laberinto del que me veía incapaz de salir. Las paredes parecían acercarse, moverse, cambiar de sentido, y mientras andaba hacia delante tenía la impresión de perderme aún más. Me senté en un portal, y esperé a que alguien me reconociera tal vez. De pronto, un chico se acercó, y me dijo “Miguel, qué haces aquí sentado”.

“¿Nos conocemos?” le dije extrañado mientras me incorporaba.

–       Miguel, soy yo, Claudio, subamos a casa.

“¿Sabes dónde vivo?” contesté asombrado.

–       Claro Miguel, estas sentado en el portal de nuestra casa.

Subimos a esa casa, en la que parecía que nunca hubiera vivido. No sabía cuánto tiempo había estado fuera, y empecé a observar a mí alrededor, había un sinfín de etiquetas, algunos eran unos simples post-it, otros eran flechas que marcaban la dirección hacia la habitación, luego vi otra que ponía cocina y la seguí. Observé los armarios, en algunos había una nota que ponía vasos y platos, en otro ponía simplemente “comida”, y luego había otro armario gris en el que ponía “nevera”. Aquella noche fue la última en la que recuerdo haber encontrado la botella de leche, aquella fue la primera noche que pasé contigo. Un  desconocido que me acariciaba.

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