Cuerpos viviendo entre cuerpos muertos

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No entiendo por qué tanta gente le teme a los cementerios, son sitios con una energía peculiar. La paz, el sosiego, el silencio y la tranquilidad que se respiran allí me producen una sensación que dista mucho de ser perturbadora, por el contrario, me transmiten tal serenidad que de repente no me molesta la idea de que algún día me toque permanecer allí una eternidad. Aparte de ello, hace unos años los cementerios tienen una consonancia distinta para mí. De hecho, mi cementerio favorito, el cual es uno de los más antiguos de la ciudad donde vivo, lleno de estatuas de mármol y mausoleos sombríos, fue el lugar donde perdí mi virginidad… pasivamente hablando.

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El padre de una buena amiga de mi mamá había muerto, por lo cual ella estaba forzada a asistir a sus exequias, y no le dio la gana de ir sola. Me arrastró primeramente hasta la casa de su amiga a recogerla, luego a la funeraria y finalmente al cementerio. Yo estaba aburrido y francamente el ambiente depresivo, los plañidos, el olor de las lágrimas y las flores ajetreadas me tenían cansado. Una vez llegamos al cementerio los dos hijos varones del señor y dos sobrinos suyos llevaron el ataúd. Todos los asistentes los seguimos en silencio.

Mientras caminaba me fijé mejor en uno de los sobrinos del difunto. Sólo con verlo supe quién era, porque había escuchado hablar de él. Su madre era una vergüenza para la familia por haberse metido con un negro y haber dañado la familia con un descendiente de ese color. Efectivamente era un negro ¡Pero qué negro! No era muy alto, pero tenía un cuerpo estupendo. Sus brazos gruesos alzaban con fuerza el ataúd y su pecho se hinchaba aún más ante la carga de sus pasos, al tiempo que sobresalía al ritmo de su respiración. Tenía un pantalón de lino muy ceñido al cuerpo y su espalda desembocaba en un par de nalgas redondas que provocaban un deseo incontenible de morderlas. Estaba tan maravillado por mirar esa escultura de ébano que no me di cuenta lo mucho que caminamos antes de llegar a la tumba donde depositarían al difunto.

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En cuanto bajaron el ataúd el chico se miró conmigo frente a frente, supongo que mi mirada también venía haciéndole peso. Estaba sudado, y esas gotas brillando sobre su piel exótica parecían un aderezo que lo hacía más deseable. Detecté algo en su mirada que acrecentó mi curiosidad, lo miré más y más y el correspondió mi mirada. Yo no podía mirarlo por mucho tiempo a los ojos porque sentía que algo me quemaba. Después bajaron el cuerpo y mientras lo enterraban y realizaban los ritos de rigor él se alejó mientras me miraba. Pensé que en silencio me invitaba a que lo siguiera, pero no daba crédito a lo que ocurría, sentía que era demasiado para ser real, pero él se detuvo, me miró y alzó la ceja. Fui tras él mientras revisaba con disimulo el lugar, afortunadamente todo estaba bastante solitario. Lo seguí hasta la zona donde están los mausoleos de las familias más pudientes y lo vi entrar en uno de ellos. Sin el más mínimo temor entré al interior de este y allí estaba él con las manos metidas en los bolsillos. Me sonrió y me dijo: -Hola-. Yo correspondí su saludo, pero no me atreví a acercarme, él decidido se puso frente a mí y empezó a rozar sus labios en mi mejilla, yo escuchaba su respiración y eso me excitaba de tal modo que mis piernas temblaban, continúo pasado su nariz por todo mi cuello, verificando las feromonas que supongo lo hicieron fijarse en mí; yo estaba tan complacido en ello que me tomó por sorpresa cuando me besó, luego me tomó de la mano, me llevó a la parte más oscura de la cripta y sin preguntarme nada me dio la vuelta y empezó a besarme la nuca. Yo presentía sus intenciones, pero cuando puso sus manos sobre mi cintura, por una extraña razón que jamás podré explicar, no intenté aclararle que yo era activo, o que lo había sido hasta entonces. En cuanto empezó a besarme la espalda había dejado de importarme, y cuando sentí la calidez de su lengua acariciando mi culo sinceramente perdí la conciencia y la cordura.

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Lo hizo de una forma magistral, como si supiera que debía despojarme de cualquier prevención. Luego se alejó un poco, no entendí lo que sucedía pero luego agradecí mentalmente que se estuviera poniendo un condón, porque yo estaba tan excitado que me habría dejado follar sin estar consciente de mi nombre. La verdad fue bastaste doloroso, sobretodo la entrada, y la sensación posterior algo incomoda, sentía que algo se me escapaba. Pero aún recuerdo su respiración en mi oreja, sus gemidos exclamando cuánto disfrutaba lo que me estaba haciendo, la fuerza con la que me agarraban sus manos y la intensidad del orgasmo que manchó mis pantalones. Mientras me follaba yo miraba hacia atrás buscando su rostro para besarlo, pero en medio de la oscuridad no lograba distinguir nada, aparte de una sombra confusa. Era como si me estuviese follando la noche. Cuando me di vuelta no pude ocultar el dolor, pero él lo calmó un tanto con un sensual beso que remató aquella faena.

Más tarde varios de los acompañantes al funeral volvimos a casa del difunto. Me fui solo a la azotea para evitar la multitud y de repente sentí que alguien me observaba, era él. Hablamos bastante. Le conté que aunque no lo creyera era mi primera vez, y para mi sorpresa él dijo que me creía, que mi falta de experiencia había sido evidente para su pene, que se había deleitado en lo apretado que estaba, que tal vez por eso no veía la hora de repetir. De hecho repitió, y estuvimos saliendo por un tiempo. Las cosas no funcionaron, pero sin duda alguna pasó a la historia de mi vida como uno de los polvos más memorables.


Relato escrito por Willy

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