Hay historias que nunca terminan…

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Cómo comenzar esta historia, sin recordar alguno de los buenos momentos de sexo que hemos vivido, y lo digo en consecuencia, pues en realidad, todas las veces que hemos quedado, prácticamente todos los fines de semana durante más de un año, hasta que por razones de trabajo se fue a Gran Canarias, eran para darnos largos homenajes de sexo en su gran y espectacular cama de dos por dos. Una cama que en muchas ocasiones se nos quedaba pequeña.

Pero tal vez lo mejor es comenzar por el principio.

Era una tarde desapacible de primavera. Sí, de esas que parecen invierno, como ocurre hoy, que no me ha apetecido salir por la gran cortina de lluvia que cae sobre la ciudad.

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Aquella tarde, trasteando por Internet, decidí entrar por un rato en Bakala.org y visitar algunos de los perfiles. Nada, a muchos ya los conocía y la verdad que me cansaba mantener largas sesiones de bis a bis escribiendo sobre nuestros gustos, nuestras aficiones, nuestros deseos sexuales y un largo etc. etc. etc. Y nunca quedar. Soy de los que le gusta conocer gente, sí. Conversar, sí, pero joder, me gusta que eso ocurra cara a cara y no mantenerse tras una foto meses y meses. Aunque debo reconocer, que con muchos también he mantenido encuentros y no ha ido mal, aunque la mayoría han sido como el viento, visto y no visto y se terminó.

Pero Omar era distinto. Lo descubrí casi en el último segundo antes de darme por vencido. Omar. Omar tiene un cuerpo de esos que disfrutas pasando los dedos y la lengua sintiendo cada marca de sus músculos, de su fibra tensada como las cuerdas de una guitarra, de su color tostado y del olor que aún, después de más de un año, conservo intacto en mi mente y hasta cuando respiro. Pero Omar era, o debo decir es, aunque esté a muchos kilómetros de aquí, el tío más divertido que existe y el más original en la cama. Para él el sexo es un juego, pero no un juego simplemente de pasiones, de arrebatos, de aquí te pillo y aquí te mato. Como he dicho al comienzo, nuestras sesiones eran largas, muy largas y siempre buscando la provocación del otro más allá del sexo convencional.

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Su habitación era espectacular. Daba a dos calles y dos de sus paredes eran grandes cristaleras desde donde se divisaba una gran parte de la ciudad, más, viviendo en un piso 18. En realidad no era un piso convencional, sino una gran estancia dedicada a oficinas, que él había organizado con biombos separando la cocina y el dormitorio salón. El cuarto de baño estaba en una de las otras dos paredes, tras una puerta de madera. Pero nos centraremos en la habitación, el lugar donde transcurrían las horas, no sólo follando, claro, sino también viendo películas en su televisión de 40 pulgadas que tenía frente a la cama.

La cama, esa gran cama, enclavada entre los ventanales, provocaba el estar en pleno espacio, y a la vez protegido por los sólidos cristales por donde pasaba la gran luz solar.

Cuando entré en aquella casa me embaucaron dos cosas. Primero el que me abriese descalzo y en gayumbos. Unos gayumbos blancos y ajustados que no dejaban a la imaginación ni el tamaño del trabuco que marcaba su delantera, ni las poderosas nalgas que ocultaba en la retaguardia, y sus pies, masculinos como jamás he visto y que me enseñó a disfrutar de ellos. Era uno de sus fetiches y afortunadamente, yo también los tengo bonitos. Lo segundo que me sorprendió, fue aquella estancia, como la luz incidía sobre la cama como invitándote a tumbarte y tocar con ello el nirvana. Pero el nirvana no era la cama, era aquel hombre con su eterna y maravillosa sonrisa y sus ojos verdes. Joder, como brillaban sus ojos y destacaban sobre su piel morena.

Me ofreció un té delicioso, de aroma y sabor y comenzamos una tranquila conversación. Sin saber cómo, me encontré también en gayumbos sentado en el sillón frete a él y en un momento determinado, me sonreí al ver como su paquete estaba a punto de reventar en aquella única prenda que cubría su cuerpo. Como es normal, se percató de mi sonrisa, de mi mirada y resoplé. Se acercó a mí, lentamente, me acarició la cara y de pronto sus carnosos labios estaban junto a los míos que se abrían a la vez que mis ojos se cerraban. Sucumbí a su manera de besar y en aquel beso sufrí la erección más fuerte que recuerdo hasta aquel momento. Luego, aquella forma de ponerme bruto, se convirtió en algo normal estando juntos. Cuando lo consideró oportuno, se incorporó y me tendió la mano, sin dejar de sonreír. Nunca dejaba de sonreír. Me llevó hasta la cama y antes de subirnos a ella, se quitó los gayumbos. ¡Qué hermosas nalgas! Se me pone dura sólo de pensarlo: Prietas, redondas y elevadas provocadas por su curva lumbar. Se giró. Dios mío, aquello era más grande de lo que pensaba y aunque soy versátil, temía mucho que no pudiera entrar si él buscaba penetrarme, pues nunca habíamos hablando de nuestros roles. A mí eso no me importaba, como digo, soy versátil, pero aquello… Le sonreí y me desprendí del slip. No se inmutó y me volvió a tender la mano; al agarrársela de nuevo en un gesto rápido, me encontré volando sobre la cama, caí y en ese momento él lo hizo sobre mí, suavemente, juntando todo su cuerpo al mío. Uniendo su tremenda verga a la mía, tomándome con sus manos de nuevo la cara y besando mis ojos. Se mantuvo en esa posición durante un largo tiempo, besándome y yo correspondiendo. Mirándome y yo intentando leer su mirada, sonriéndome y yo dejándome arrastrar.

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Su lengua exploró cada rincón de mi piel y sus manos, sus grandes y suaves manos masajeaban cada parte de mi cuerpo que se iba tensando por la excitación. Y entonces ocurrió, se sentó sobre sus nalgas y tomó uno de mis pies. Lo acarició, lo besó con suavidad y su hermosa lengua comenzó a masajear la planta del pie. Percibí como me humedecía, como mi polla lubricaba y él también. Sonrió y dejando el primer pie, tomó el segundo, introdujo cada uno de mis dedos en su boca, para terminar con medio pie en su interior.

– ¿Alguna vez has masturbado a un hombre con los pies? – Me preguntó en un susurro – Simplemente negué con la cabeza. Me sentía tan excitado y aturdido, que no podía formular ni una palabra – ¿Quieres intentarlo conmigo?

Sin esperar contestación extendió sus piernas, se inclinó ligeramente y se apoyó en la cama sobre sus manos, dejando éstas y los brazos, detrás de su cuerpo. Cuerpo que se marcó como el de una perfecta escultura, a la vez que me presentaba la tremenda dureza de su polla. No sabía que tenía qué hacer, pero tomando de nuevo aire me incorporé, coloqué cada pie a un lado y otro de aquel grueso tronco. Uní mis dedos y mis talones, y apreté con suavidad. Sonrió. Me sentí aliviado y sin dejar de mirarle a los ojos, comencé a subir y bajar despacio desde el tronco al glande. Suspiró y cerró los ojos, inclinó la cabeza hacia atrás y entreabrió la boca. Sus labios se presentaban majestuosos y la luz del sol confirió a su rostro un halo de perfección. Seguí masturbándole y pensando en aquel ser que tenía ante mí. Si bien los besos son el preámbulo que puede llevar al acto más salvaje, aquella manera de comenzar, nunca la había experimentado. El silencio era absoluto, simplemente nuestras respiraciones se escuchaban como una ligera sinfonía que en él fue crescendo y yo sintiendo los latidos de aquel pollón que de pronto, y con un movimiento de su cuerpo, de una mayor tensión de su vientre y de un sonido grave que rompió el silencio, sentí aquel líquido cálido resbalar por mis pies. Líquido abundante que los bañaba ante mi admiración. Me detuve, su rostro volvió hacia mí, sus ojos se abrieron y con un gesto de su mano, me pidió que no me moviera. Al incorporarse mis pies se separaron de su polla y él tomó el primero de ellos, lo fue lamiendo deleitándose y sin prisas. Tras dejar limpio el primero, continuó con el segundo. Todo aquel acto me había provocado una excitación como jamás había vivido, y antes de terminar de limpiar el segundo pie y sin tocarme, me corrí, lanzando grandes chorros al espacio, como era habitual en mí y tras terminar con el otro pie, se tumbó suavemente sobre mí.

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– Creo que he encontrado a la persona perfecta.

Está sonando el teléfono. La verdad que no me apetece cogerlo, ahora no, ahora estoy inspirado para seguir contando el tiempo vivido con él, pero ya han sido dos veces las que se ha repetido la llamada. Cojo el teléfono. No puede ser, es él.

– Dime Omar. Ahora mismo estaba pensando en ti, en realidad… estaba escribiendo sobre nosotros.

– Pues me gustaría leerlo.

– Ya te lo enviaré. Espero que te guste.

– Quiero leerlo ahora.

– No seas impaciente. Acabo de empezar.

– Alguien está a punto de llamar al timbre de tu piso.

El telefonillo ha sonado. Doy un salto en el sillón en el que me encuentro sentado.

– ¿No vas a abrir? – Pregunta al otro lado del teléfono.

– ¿Cómo…? No puede ser. No puede ser.

– Abre. No me hagas esperar bajo esta lluvia infernal.


Relato de Javier Sedano
http://facebook.com/javier.sedano.10
http://javiersedano.blogspot.com

Javier Sedano es el autor de las novelas gays más vendidas en España, como Tras las puertas del corazón, Cruising bajo el seudónimo de Frank García, o Sangre caliente.

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